Los Cuatro Purushartas o Metas del Hinduismo

Los cuatro purushartas o metas vitales del hinduismo.

Los Purusharthas son un concepto profundamente arraigado en la filosofía hindú, que sirve como una especie de guía para navegar la vida. Estos cuatro objetivos—Dharma (deber, moralidad), Artha (riqueza, éxito), Kama (deseo, placer) y Moksha (liberación espiritual)—ofrecen un marco para considerar las múltiples facetas de la existencia humana. Pero es importante entender que no son metas en el sentido de algo que debes «conseguir» para ser considerado exitoso o realizado; más bien son dimensiones que coexisten, que te ofrecen un lente a través del cual puedes examinar y vivir tu vida de una manera más plena y auténtica.

¿Cuáles son los Cuatro Purushartas?

Dharma

Dharma es uno de los cuatro Purusharthas, y a menudo se le otorga una importancia primordial en la filosofía hindú y en sistemas de pensamiento que comparten raíces con ella, como el yoga. Dharma es una palabra sánscrita que resulta difícil de traducir a una sola palabra en otros idiomas; aunque se le asocia comúnmente con términos como deber, moralidad y rectitud, su alcance es considerablemente más amplio. Se trata de un principio rector que aboga por vivir en consonancia con el orden cósmico, un sentido profundo de lo que es justo, apropiado y en armonía con la naturaleza tanto externa como interna.

El Dharma se manifiesta en múltiples dimensiones de la vida: en las relaciones con los demás, en las elecciones profesionales, en el modo de enfrentar dilemas éticos y hasta en la búsqueda espiritual. Es una especie de guía interna que, cuando se sigue de manera consciente, puede proporcionar una estructura significativa a la vida. No obstante, aquí es donde surge una precaución necesaria: el riesgo de apegarse a conceptos y definiciones rígidas de lo que es «correcto» o «incorrecto«, de lo que «debe» o «no debe» hacerse.

Mientras que la ética y la moralidad son componentes fundamentales del Dharma, es importante reconocer que no son estáticos ni absolutos. Son más bien contextuales, cambiantes según las circunstancias, la cultura, la etapa de la vida y hasta la evolución personal. Al apegarse estrictamente a normas y conceptos, corremos el riesgo de convertir el Dharma en una serie de reglas dogmáticas, lo que en última instancia podría conducir a una forma de rigidez moral que es contraproducente y tal vez hasta dañina. El Dharma no es un yugo que restringe, sino más bien un medio para vivir nuestra vida de una manera que es coherente con el bienestar más profundo de uno mismo y de los demás.

Este riesgo de apego a la rigidez conceptual es especialmente relevante en la era moderna, donde las cuestiones de ética y moralidad a menudo se ven envueltas en debates polarizados y juicios sumarios. En tales casos, el Dharma se convierte en una herramienta para el discernimiento, no para el juicio. Puede servir como una guía para investigar más profundamente las motivaciones, las consecuencias y la interconexión inherente en cualquier situación o decisión, en lugar de apresurarse a etiquetarlas como «buenas» o «malas«. La clave es mantener un sentido de flexibilidad y apertura que permita adaptar y ajustar nuestras acciones de acuerdo con un entendimiento más amplio de cada situación.

Dentro del camino del yoga, el Dharma se explora a través de prácticas como el estudio de textos sagrados, la meditación y, por supuesto, la práctica ética (Yamas y Niyamas). Estas prácticas no están diseñadas para inculcar un conjunto de reglas fijas, sino más bien para afilar la facultad del discernimiento, cultivar la autoconciencia y fomentar una forma de vida que sea sostenible y armoniosa para el individuo y la comunidad.

Artha

Tradicionalmente, Artha se ha asociado con la riqueza, el éxito y la seguridad material. A primera vista, esto podría parecer en contradicción con los ideales espirituales más elevados, como Moksha, que implica la liberación del apego al mundo material. En occidente hay una tendencia a ver la espiritualidad y la materialidad como opuestas, casi como si fueran fuerzas en una especie de lucha cósmica.

Pero una comprensión más profunda y matizada del concepto de Artha desafía esta dualidad aparente. Artha no es simplemente la acumulación de bienes materiales por el mero hecho de acumular. Más bien, es una visión equilibrada y ética de la prosperidad material. En otras palabras, la búsqueda de Artha no es un fin en sí mismo, sino un medio para un fin más elevado, que es vivir una vida en armonía con los otros tres Purushartas.

Este enfoque equilibrado ve la riqueza y los recursos materiales como herramientas que, cuando se utilizan de manera consciente y ética, pueden contribuir al bienestar propio y al de los demás. Por ejemplo, si tienes los medios para iniciar una empresa, el objetivo no debería ser simplemente maximizar las ganancias a expensas de los empleados, el medio ambiente o la sociedad en general. En cambio, un enfoque que esté en línea con el concepto de Artha podría involucrar el uso de recursos para crear empleo sostenible, para contribuir al desarrollo de la comunidad y para operar de una manera que sea ecológicamente sostenible.

Artha también reconoce que la seguridad material y la prosperidad pueden liberar a una persona para que busque metas más altas, incluido el desarrollo espiritual. No es casualidad que muchas prácticas y filosofías espirituales incluyan directrices éticas que se refieren a cómo uno debe interactuar con el mundo material y los demás seres humanos. Al tener nuestras necesidades materiales básicas satisfechas de una manera ética, estamos mejor posicionados para dedicar tiempo y energía a la autoindagación, el crecimiento personal y, en última instancia, la búsqueda de Moksha.

Pero como con cualquier aspecto de la vida, la clave aquí es el equilibrio. La búsqueda de Artha se convierte en problemática cuando se convierte en una obsesión que oscurece o incluso contrarresta los otros tres Purusharthas. En tal escenario, la riqueza y la seguridad material se convierten en ídolos, y la persona se encuentra atrapada en un ciclo interminable de deseo y miedo. Aquí, la visión integral de los Purusharthas puede servir como un recordatorio oportuno de que la riqueza material es solo una parte de una vida bien vivida pero que como meta aislada, solo conduce al sufrimiento.

Kama

Generalmente traducido como «deseo» o «placer«, Kama es a menudo malinterpretado o incluso estigmatizado. La creencia común es que la espiritualidad implica algún tipo de renuncia a los placeres del mundo, como si la búsqueda espiritual y el disfrute de los aspectos sensuales de la vida fueran mutuamente excluyentes. Este punto de vista, sin embargo, es una simplificación excesiva y no hace justicia a la complejidad y riqueza del concepto de Kama.

En realidad, Kama no está en conflicto con la vida espiritual; más bien, es un aspecto vital de la experiencia humana que puede, y de hecho debe, ser integrado de manera saludable y consciente. Los placeres sensoriales —ya sea disfrutar de una buena comida, apreciar la belleza del arte o experimentar la intimidad emocional y física con un ser querido— no son en sí mismos «no espirituales». Al contrario, pueden ser vistas como manifestaciones de la riqueza y la diversidad de la vida, y como tales, tienen un lugar legítimo en una vida bien vivida. El acto de experimentar placer puede ser una forma de estar plenamente presente, una especie de meditación en acción que nos permite conectar más profundamente con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea.

El desafío radica en cómo nos relacionamos con estos placeres. El problema surge cuando nos apegamos a ellos de tal manera que nuestra felicidad y bienestar emocional se vuelven dependientes de experiencias externas y transitorias. Cuando el placer se convierte en un fin en sí mismo, corremos el riesgo de entrar en un ciclo de gratificación instantánea que nunca es verdaderamente satisfactorio. Esto es especialmente problemático en la cultura contemporánea, donde estamos constantemente bombardeados con mensajes que nos dicen que la felicidad se puede comprar, consumir o alcanzar a través de la acumulación de experiencias «sorprendentes». En ese escenario, el Kama se convierte en una búsqueda incesante que, paradójicamente, nos aleja de la experiencia de plenitud y contento que originalmente buscábamos.

En su interpretación más elevada, Karma no es una negación de la espiritualidad, sino más bien una de sus expresiones más bellas y humanas. Al igual que con los otros Purusharthas, la clave está en el equilibrio y la moderación, en entender que el placer es una parte de la vida, pero no toda la vida. A través de esta comprensión, podemos empezar a experimentar los placeres del mundo sin ser esclavizados por ellos, disfrutando de la riqueza sensorial de la vida mientras seguimos un camino de desarrollo y crecimiento integral. Y en ese equilibrio, encontramos una forma de vivir que es tanto profundamente humana como espiritualmente enriquecedora.

Moksha

Moksha, traducido comúnmente como «liberación«, es el objetivo final y el más elevado de los cuatro Purusharthas. Aunque es un concepto altamente venerado y buscado, es también el más difícil de definir, pues apunta a una experiencia o estado de ser que está más allá de la conceptualización y el lenguaje. Se dice que Moksha es la liberación del ciclo de nacimiento y muerte (Samsara) y del sufrimiento que lo acompaña. Pero decir solo eso sería limitar la magnitud de lo que realmente significa.

Al considerar Moksha, es muy importante entender que estamos hablando de algo que es fundamentalmente inefable. Es un estado de libertad y realización que trasciende las dualidades de bien y mal, placer y dolor, yo y otro. Esta es la razón por la que las palabras y los conceptos siempre serán insuficientes para capturar su esencia. Muchos textos y maestros espirituales señalan esta limitación, a menudo utilizando paradojas o metáforas para apuntar hacia lo que no puede ser dicho directamente. En ese sentido, Moksha es algo que debe ser experimentado más que comprendido intelectualmente.

Paradójicamente, el anhelo de alcanzar Moksha puede ser, en sí mismo, un obstáculo en el camino hacia la liberación. Esto es porque la búsqueda de cualquier objetivo implica una cierta forma de deseo y apego, que son precisamente las cosas de las que Moksha busca liberarnos. En otras palabras, si estamos constantemente buscando algo más allá de nuestra experiencia presente, estamos reforzando la noción de que no somos completos tal como somos. Esta sensación de falta es una forma de sufrimiento, y por lo tanto, es contraproducente para alcanzar un estado de liberación completa. Aquí radica otra paradoja: para alcanzar Moksha, debemos, en cierto sentido, olvidarnos de ella. Debemos practicar la no-acción en la acción, para citar un conocido principio del Taoísmo, otra filosofía que comparte ciertas similitudes con el hinduismo en este aspecto.

Este enfoque nos lleva a entender que Moksha no es algo que «logramos» en el sentido convencional del término. Más bien, es algo que se revela cuando dejamos de aferrarnos a nuestros deseos, aversiones y preconceptos sobre cómo deberían ser las cosas. Esto no significa que debamos adoptar un estilo de vida ascético o rechazar los placeres y desafíos del mundo. Recordemos que Moksha es solo uno de los cuatro Purusharthas, y en una vida equilibrada, tiene lugar junto con Dharma, Artha y Kama. Lo que sí significa es que debemos aprender a relacionarnos con todos los aspectos de la vida —incluido el deseo de liberación— de una manera más abierta, receptiva y desapegada.

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